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Marianistas en México

La Compañía de María-Marianistas, nació a raíz de las sacudidas de la Revolución Francesa.

Guillermo José Chaminade acababa de recibir el Doctorado en Teología cuando llegó en Burdeos la ola del terror. Dos años largos (1793-1795) jugó a escapar de la guillotina a base de disfraces, mientras se dedicaba a un incesante ministerio. Con el retorno de la normalidad es encargado de la rehabilitación de los sacerdotes que habían prestado el juramento de la Constitución Civil del Clero, que los separaba de Roma. Tenía treinta y cuatro años cuando le dedicaron tan delicada misión. En el verano de 1797 se desencadena de nuevo la persecución y es desterrado encaminándose a Zaragoza, España.

A los pies de la Virgen del Pilar de Zaragoza maduró el mensaje que tenía que transmitir a un mundo destrozado por un racionalismo disolvente de la fe y de la tradición cristiana, que había tenido en Francia su primer estallido violento. Se trata de recristianizar a base de tácticas nuevas de acción.

En 1800, antes del restablecimiento oficial de la paz religiosa, está ya actuando en Burdeos, Francia, con el título de Misionero Apostólico concedido por la Santa Sede. Su objetivo es la creación de una poderosa comunidad cristiana, que testimonie públicamente el Evangelio, desbordando los desprestigiados cuadros parroquiales de entonces, y permitiendo una penetración profunda en las estructuras sociales y administrativas de la ciudad. La formó en grupos según sexo y clase, participativas, generadoras, inspiradas por una Virgen Madre que conduce a todos a su Hijo.

Conjuntamente con la Adela Batz de Trenquelleón, establece la Congregación Religiosa de las Hijas de María Inmaculada en 1816. Son las Marianistas, dedicadas a mejor conocer, amar y servir a María, y hacerla mejor conocida, amada y servida. Para lograrlo, cultivan su vida interior y así, potencian su misión de sembrar y fortalecer la fe de los congregantes, las escolares y feligreses de donde la Providencia las llame.

El 2 de octubre de 1817 se funda oficialmente la Compañía de María cuando sus siete primeros miembros –seminarista, maestros, oficinistas, carpinteros, todos miembros de sus comunidades apostólicas– hacen sus votos religiosos en manos del Padre Chaminade y deciden formar una Congregación Religiosa especialmente dedicada a María que aseguraría la marcha de la gran comunidad laica marianista. La estructura del Instituto religioso, compuesto por sacerdotes y laicos en completo pie de igualdad, sin hábito religioso, ni título de “Fray”, resultaba tan atrevida e innovadora que la Santa Sede se resistía a dar su aprobación final, tanto que desde la primera aprobación en 1839 hasta la definitiva pasaron cincuenta años. Roma igualmente se resistía a aceptar el voto de estabilidad como voto de donación apostólica a la Santísima Virgen y la centralización administrativa por medio de tres oficios, llamados de Celo, instrucción y de Trabajo, con funciones convergentes. Precisamente son los resortes que le dan agilidad, penetración y una potente personalidad.

En 1850, a los ochenta y nueve años de edad, moría en Burdeos el Padre Chaminade, después de largos años de infatigable labor, viendo a sus hijos llegar a fundar en Suiza y en los Estados Unidos. Fue declarado Beato por el Papa Juan Pablo II el 3 de setiembre de 2000.

En la actualidad, los Marianistas se hallan diseminados por cuatro continentes, en pleno movimiento de expansión entre parroquias, colegios, universidades, misiones y otras obras, dispuestos a encargarse de cualquier labor a la que la Iglesia o la Providencia los llame: su misión es universal. Se encuentran en treinta y nueve países: 11 de Europa, 13 de América, 6 de Asia, y 9 de África.

El P. Chaminade ve nuestros rostros; y nos cuenta y sabe que llegamos a unos 1560 en el mundo. De ellos 1060 son religiosos hermanos y 500 religiosos sacerdotes. Entre éstos 3 son Obispos. Nacimos en Burdeos pero ahora se nos ve en 4 Continentes y en 30 países. El P. Chaminade nos ve entregados en tareas diversas: en difundir nuestro carisma convencidos que es un don del Señor a la Iglesia para el mundo, en obras pastorales, en el trabajo de desarrollo humano y de construcción de una sociedad más justa y fraterna, en el apostolado de la educación de la juventud- aquí se encuentra el grupo más numeroso- y en la expansión de la presencia evangelizadora en lugares nuevos.

Cuando mira con más atención nos ve con dos grandes preocupaciones: la pobreza que crece en la humanidad y el hecho que en nuestras sociedades, aún los creyentes, no acertemos a vivir la comunión y la unidad en la diversidad. Por eso los marianistas gastan buena parte de sus fuerzas en inculturarse a fin de echar raíces en esos lugares nuevos tanto en Asia como en África y para estar a tono con la realidad cultural que por todas partes nos desafía y que la llamamos moderna o postmoderna y que se traduce en fenómenos que nos desconciertan y nos interpelan tales como la globalización, el neoliberalismo, consumismo… En esas búsquedas y empeños el P. Chaminade nos anima con sus palabras de siempre: Nova bella; el Señor quiere nuevas batallas, nuevas tareas. Además de vernos nos escucha y le gusta que le preguntamos cómo se renueva y se refunda una Congregación como la nuestra; con su experiencia de los años vividos en una Francia convulsionada por una revolución cultural, social y política recuerda que hay que empeñarse en tener buen vino, espíritu nuevo y que no deben faltar para el vino nuevo los odres nuevos, las estructuras y formas apropiadas. Mira hondamente y descubre nuestro gran deseo de “reproducirnos”, de ser más fecundos, de multiplicarnos, de tener nuevos miembros. La obra marianista es magnífica y faltan obreros.

Somos pocos para mucho

Convocamos a la Compañía de María al vino nuevo de la solidaridad y de la comunión con todas las personas. Convocamos a todo los religiosos de la Compañía de María a modelar juntos, con la ayuda de la gracia, los nuevos odres de la vida marianista reestructurada y revitalizada desde el evangelio y la Regla de vida. Sólo unos odres nuevos serán capaces de llevar el vino nuevo a nuestro mundo, un mundo con una necesidad apremiante de la esperanza que Jesús vino a traer al mundo y de nuestro testimonio comunitario de fidelidad creativa”

Así los vi, Señor, y a ti te los confío. Que lo que yo vi les ayude a descubrir el secreto de la fecundidad y de la fidelidad.

Como ha dicho el P. Chaminade, “Nuestra misión es universal. “Hagan lo que Él les diga”.

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